¿Por qué las travestis escondemos nuestro pene?

¿Cuándo fue la última vez que usaste ropa que te haga sentir bien con vos? ¿Y cuándo la última que tu ropa interior te dolió? ¿Cuándo fue la última vez que te desnudaste sin vergüenza?

¿Por qué las travestis escondemos nuestro pene?

Por Victoria Stéfano
26/01/2022

Desde que estoy siendo travesti, la cuestión más compleja de tramitar para mi fue, probablemente, mi genitalidad. Más allá de la relación con mi propio cuerpo, la cuestión fundamentalmente problemática era la relación de les otres con mi cuerpo. La relación de mi familia con mi cuerpo, de la iglesia de mi mamá con mi cuerpo, de mi escuela con mi cuerpo, de la sociedad con mi cuerpo.

Vestir ese cuerpo, o desvestirlo, era el mejor y el peor acto de enunciación. El mejor porque en eso se inscribían mis primeros actos de libertad, y el peor porque, en último término, a partir de ponerme la ropa que quería, se desenlazaban todo tipo de violencias específicas hacia mí.

Y si bien se fue consolidando cada vez más mi transición exterior hacia lo que entendía como “lo femenino”, hubo algo en concreto que jamás cambió: la necesidad de esconder mi pene.

Empecé con los slips entangados hasta que llegaron las primeras bombachas, mallas de baño, tangas, culotes, encajes, bordados, algodón y telas sintéticas. Todo. Todo era probar y ver qué ofrecía mejores posibilidades para esconder mi pene, y terminaba por no encontrar nada que me dé seguridad, que me dé comodidad y que además sea lindo. Simplemente nunca encontré una prenda íntima que no me lacerara y provocara un dolor permanente en los genitales.

El por qué sí, el por qué no

A 15 años de haber comenzado el recorrido de mi transición social muchas cosas giran en mi cabeza en torno a cómo hacemos para sacar al pito del clóset. Yo sé que lo tengo, el pibe que me gusta sabe que lo tengo, mucha de la gente que me rodea, que me quiere, y también mucha de la que no, sabe que entre mis piernas hay un pito. Y sin embargo, día tras día, me levanto, elijo alguna bombacha y vuelvo a esconderlo otra vez.

Porque estoy segura que ninguna de estas personas se sentiría del todo cómoda con mi combinación corporal particular y disruptiva. Las tetas llevan concha, no pito. Pero ese sentimiento de mutilación, al menos en términos visuales y estéticos, también es interno. De tanto machacar… Ya es mío.


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Es simplemente el reflejo cuasi-natural que se ancla en 15 años de simular no tener un pene al tiempo que es la visión arquetípica de las corporalidades socialmente identificadas como femeninas que han eventualmente configurado mi cabeza, para imprimirme la idea de que mi pito me hace una no-mujer.

Entiendo que todo ese constructo de ideas obedece a una visión normativa de lo femenino. Pero no puedo evitar interrogarme acerca de qué sucedería si de repente me planteara no volver a esconder mi pito. ¿Cómo sería mi vida si decidiera seguir siendo yo, Victoria, sin disimular nunca más que nací con pene?

¿Podría volver a caminar con la tranquilidad que me da pasar desapercibida en el espacio público, en un comercio, en un bar? ¿Acaso volvería a entrar a un baño con otras personas con identificación femenina sin ser observada de forma descolocadamente incómoda? ¿Seguiría encontrándome con las mismas personas y me verían de la misma forma?

Me animo a decir que escondo el pito como forma de sobrevivir. Como forma de atenuar ligeramente todo el odio repentino que mi corporalidad recibiría solo por ser expuesta per se. ¿Pero qué consecuencias tiene ese cercenamiento imaginario en la relación con mi cuerpo? ¿Cómo esto se refleja en el resto de los aspectos de mi vida, en mi salud, en mi sexualidad?

Creo que nunca voy a desnudarme frente a une otre sin esconder un poco mi pene, sin intentar simular que no está ahí, sin sentir cierta vergüenza de mi cuerpo expuesto. Pero siento que es necesario que lo hablemos, para que otres puedan crecer con cuerpos en libertad.

Esta nota fue publicada originalmente en Periódicas