Felices 10 años de democracia travesti

A 10 años de la sanción de la Ley de Identidad de Género, la periodista y activista trans Victoria Stéfano, recuerda el momento histórico en que el Estado reconoció a las travestis y trans. Y unos meses después, el día que un cartero golpeó su puerta y la llamó por primera vez por su nombre elegido.

Felices 10 años de democracia travesti

Por Victoria Stéfano
09/05/2022

Corría 2012, otro de los tantos años del fin del mundo, y yo fregaba la ropa de puta del fin de semana en la pileta de afuera de la casa de mi mamá en Yapeyú, al norte de la ciudad de Santa Fe.

Escuchaba desde afuera por la ventana el acto de entrega de los primeros DNI rectificados bajo la flamante ley de Identidad de Género mientras me corrían lágrimas por la cara, pensando en que por fin era realidad. Un Estado nos reconocía.

A 600 kilómetros Cristina Fernández de Kirchner le entregaba en mano su documento de identidad a Diana Sacayán, y el resto de nosotres comenzaba a soñar con que otra realidad era posible.

La mañana del 29 de diciembre de 2012 llegó un muchacho a mi casa, en bicicleta, con un bolso grande con las insignias del Correo Argentino, preguntando por Victoria Stéfano.

Sin saberlo, era la primera persona en mi vida entera que me llamaban por el nombre que yo había elegido. Y ya no hubo vuelta atrás.

A diez años, me pongo a revisar cuál fue mi devenir histórico a partir de ese momento y puedo decir que no cambiaría absolutamente nada de lo que pasó.

Cuando se aprobó la ley hacía pocos meses que había terminado mi educación obligatoria. Durante ese último año había conquistado el derecho a ir al baño en la escuela, hacer educación física con las pibas y que mis profesores me llamaran por el nombre que había elegido.

Dos años después empecé a cursar mi primera carrera en el nivel terciario. Me equivoqué dos veces más hasta encontrar la comunicación y decidir que esa iba a ser la profesión que me mantuviera pobre por lo que me reste de vida.

También hace 10 años que le meto fuerte a las hormonas, y que me crecieron unas tetas como de adolescente. Que adoro poder tocar cada tanto para chequear que están ahí, que no se fueron, que esto realmente pasó, que está pasando aun.

En el medio tuve como tres trabajos además de puta. Fui asistente escolar, también trabajé como ayudante de cocina en un bar y cuidé pibitos a lo pavote. Hasta llegar a ser una precarizada del Ministerio de Cultura de Santa Fe, y tener como 14 kioscos abiertos para llegar a fin de mes.

Tampoco volví a renunciar a la militancia desde ese entonces. Llevo poquito más de una década haciendo de cada lugar que habito un espacio político. Lo que tampoco fue tan mala decisión.

Con el tiempo, un día, esa incomprensible necesidad de hacer el mundo mejor para gente que no conoces pero que es igual a vos, me devolvió algo de todo lo entregado, en forma de ternura, una ternura radical. Me dio amor. Me dio compañeros. Me dio familia.

Eso que te hace “entender cómo utilizar la fuerza como una caricia” como escriben Dani D’Emilia y Daniel B. Chávez: un enano trans de cinco años te dice que te ama y te sana el alma.

Me tocó ser de la generación que viajó al Congreso y volvió con un Cupo Trans nacional bajo el brazo, en honor de toda la sangre derramada en esta lucha. Que se sepa que estos derechos costaron vidas.

Por todo eso hoy, y solo por hoy, elijo que nos paremos desde acá a ver el camino recorrido y las posibilidades aquí presentes. Y hacernos fiesta en todo eso que conseguimos.

A mis compañeres, mis amores, mis amigues: felices 10 años de democracia. Que nos encuentren en la calle siempre.