Gabriela Oprandi. El universal.-

Los jeans de la próxima colección tendrán bolsillos ocultos. Así lo anuncia Sebastián Marroquín Santos, el hijo del extinto capo colombiano Pablo Escobar Gaviria, quien comenzó a trabajar en su propia marca de ropa el año pasado.

—¿Qué mejor para esta marca que los bolsillos secretos? —me pregunta este arquitecto de 35 años, buscando complicidad con un guiño de ojos y una sonrisa rápida, un chiste sobre su propia historia—. Espero que no se larguen a decir que es para traficar drogas —suelta Sebastián irónicamente mientras baja la mirada para acomodar las camisetas que están desparramadas sobre una de las mesas de su oficina.

Sebastián quiere que la cámara enfoque con claridad las letras en la ropa y sobre todo le interesa que capte nítidamente las frases impresas sobre la tela, diseñadas con la manuscrita original de su padre. Enseguida reorganiza también los pantalones que trajo especialmente para esta sesión de fotos. Nos muestra el detalle en las costuras, el color de la tela que tienen en la cintura los jeans, los botones, y por supuesto, los “bolsillos secretos”.

“Yo no me puedo bajar de donde estoy pero tú si puedes elegir qué hacer con tu vida”, le dijo una vez su padre a Sebastián cuando era adolescente. Quizás esa fue una de las frases que le dejó un gran aprendizaje al hijo del empresario, político y fundador del mítico cártel de Medellín.

—Mi padre siempre me daba buenos consejos —dice Sebastián.

En 2009, después de estar 15 años sin exponerse a la prensa, salió al mundo a pedir perdón en nombre de su padre a través del documental Pecados de mi Padre, exhibido en varios países. En la cinta se muestra a Sebastián teniendo un encuentro con los hijos del ex ministro de justicia de Colombia, Rodrigo Lara Bonilla, y con los hijos del ex candidato a presidente, Luis Carlos Galán. Ambos funcionarios fueron asesinados por órdenes de Pablo Escobar Gaviria.

Sebastián Marroquín retoma esos mensajes de reconciliación y paz para hacerlos visibles a través de su primera marca de ropa. El objetivo  es que contar la historia que desde su núcleo familiar no quieren que vuelva a repetirse: el violento cuento real del narcotráfico.

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La cita con Sebastián es en Buenos Aires, donde vive desde 1994. Coordinarla fue bastante complicado porque desde que entró al mundo de la moda no para de viajar. Sus días pasan entre Argentina, Colombia (donde se fabrican las prendas), y varios países a los que visita para ofrecer sus productos, entre ellos México.

Sebastián nos recibe en una oficina del barrio de Palermo Soho, una especie del Soho neoyorkino, que es un barrio de la ciudad en el que desde hace algunos años se instalaron diseñadores de moda, artistas, galerías y restaurantes de estilo.

Es aquí donde Sebastián Marroquín comparte la oficina con un grupo de arquitectos alemanes; aquí  también organiza reuniones de trabajo su madre que es decoradora y coaching ontológico.

Los Marroquín Santos o Escobar Henao —la vieja identidad—, llegaron a Argentina el 24 de diciembre de 1994, cuando decidieron dejar Colombia por su seguridad. Entendieron que si querían llevar una vida “normal” debían abandonar su país y olvidarse de los nombres con los que fueron bautizados. Así fue como desde fines de aquel año —uno después del asesinato de Pablo Escobar— Juan Pablo Escobar pasó a llamarse Sebastián Marroquín Santos; su madre era María Victoria Henao y desde hace casi dos décadas es conocida como María Isabel Santos Caballero; y su hermana, Manuela Escobar, ahora muestra en su documento de identidad el nombre de Juana Manuela Marroquín Santos.

El departamento de no más de 80 metros cuadrados, en el que funciona la oficina, es cálido, priman los colores pasteles y está decorado con cuadros que pintó María Ángeles Sarmiento, la esposa de Sebastián, una chica colombiana que al igual que la familia Escobar tuvo que cambiarse de identidad porque están juntos desde hace veinte años. Cuando se conocieron ella se llamaba Andrea Ochoa.

Antes de sacar las prendas de dos bolsas de nylon sin ninguna etiqueta, nos ofrece algo para beber a la fotógrafa y a mí e inmediatamente abre en su iPad el catálogo con los diseños de la primera colección que se llama “Poder-Poder”, con la leyenda: “Piénsalo dos veces. Poder ¿Para qué?”.

“Elige bien tu destino, no sea que termines en el lugar equivocado”, se puede leer en una de las primeras prendas que aparece en la pantalla. Es una camisa blanca con la licencia internacional de conducir de Pablo Escobar; el número de documento es el 84727. Ahí Pablo Escobar es un chico con los rulos peinados prolijamente hacia un costado. Y en la parte trasera de la camisa, figuran sus datos personales, fecha y lugar de nacimiento: Río Negro (Antioquia), 1 de diciembre de 1949.

Ese documento se convirtió en un pasaporte hacia el “éxito económico” de Pablo Escobar, me dice Sebastián. Esa licencia le permitió  moverse en diferentes países, cruzando las fronteras con autorización legal. Me cuenta que su padre viajaba mucho por “negocios”, pero que él no pudo acompañarlo mucho porque sólo vivió sus primeros seis años con él, y desde entonces Pablo había empezado a vivir en la clandestinidad. La normalidad nunca volvió.

En el recuerdo de Sebastián quedan los viajes a Estados Unidos, cuando entraban al país con varios millones de dólares sin declarar. Uno de los que más tiene presente es el que hicieron alguna vez a Disneylandia, las fotografías del registro al mundo de fantasía todavía las conserva.

El hijo del capo cuenta que la idea de trabajar en la industria textil le empezó a rondar en la cabeza hace poco más de cinco años, sin embargo, recién el año pasado se animó a concretar el proyecto. No se animaba a mostrarse ante las cámaras y micrófonos de los periodistas ni en la calle como el hijo de Pablo Escobar, por la cantidad de prejuicios que carga su apellido. Sebastián me dice que ha podido encontrar en la moda un vehículo de comunicación que cree que está muy menospreciado y que, hoy por hoy, sólo se utiliza para transmitir gustos por una prenda u otra.

Así fue como el año pasado puso manos a la obra y comenzó a trabajar con un grupo conformado por un filósofo, un publicista, un diseñador gráfico y dos diseñadores de moda para crear el concepto que hoy le permite contar al mundo la historia familiar a través de prendas de vestir. El concepto que lograron desarrollar lleva el nombre Escobar Henao y la identidad de la marca es un escudo que la familia utilizaba en su vajilla y ropa de la casa, cuando aún vivían en Colombia: son las iniciales de los apellidos de su padre y de su madre, una E y una H entrelazadas.

—El nombre de la marca es como asumir que somos parte de esa historia, que nunca hemos pretendido negarla, y si la hemos ocultado fue para resguardarnos —dice entusiasmado Sebastián mientras empieza a sacar de las bolsas las remeras que forman parte de la primera colección.

Sebastián Marroquín no niega el objetivo de lucro con este negocio de camisas y pantalones con la marca de su papá y su mamá, pero aprovecha esta parte de la conversación para aclarar que es un negocio que cree que puede ayudar a muchas personas. Él y su familia, me cuenta, sienten la responsabilidad moral de ayudar a quienes en Colombia siguen estando olvidados y próximos a caer en la violencia, porque el Estado no llega.

El arquitecto sueña con que sus prendas sean puestas en discusión en las reuniones sociales. Que la gente discuta y reflexione para que la historia de su padre se ponga en evidencia y no se vuelva a repetir.

—Siempre invitamos a través de las redes sociales a la no violencia, a la tolerancia, al respeto por el otro, a recuperar los valores perdidos en la guerra por las drogas.

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—¿Crees que el mensaje que están enviando puede prestarse a confusión?
—Sin dudas que es un riesgo el que estamos corriendo. Sabemos que muchos pueden entender que usar la imagen de mi padre puede servir para hacer apología a las drogas. Pero nunca ha sido nuestra intención y lo hemos subrayado siempre. Yo cuestiono nuestra propia historia desde los textos que van en las prendas. Pero hay una serie de mi padre que se está emitiendo en la televisión de Colombia y ha sido la que más rating ha tenido; se habla de un padre que tiene más glamour que el necesario y envía un mensaje equivocado a los jóvenes. (La serie) se llama Pablo Escobar, el patrón del mal. Y realmente sorprende la cantidad de empresas que se han sumado a pagar publicidad dentro de esa serie. Creo que los únicos y legítimos herederos de la historia de mi padre y quienes en todo caso, seríamos los únicos habilitados para explotar comercialmente esa historia somos nosotros.

Ese es el único momento de la charla en el que Sebastián levanta un poco el tono de su voz y pone énfasis en el objetivo que quiere alcanzar con su ropa.

—La intención de explotar la imagen de mi padre es para enseñarle a los jóvenes que convertirse en Pablo Escobar no es un ejemplo a seguir ni una buena idea. Y no se los están contando ni las petroleras, ni las tabacaleras que hacen publicidad en la serie. Sino que se lo está contando su hijo. Que lo quiso, lo conoció y lo respetó más que a nadie. Entonces, valido el mensaje de Escobar-Henao desde mi posición autocrítica de hijo. Tengo la capacidad de ser autocrítico frente a mi historia y a los hechos violentos que provocó mi padre y también tengo la autoridad para invitar a los jóvenes a que no la repitan, de la misma manera que yo no lo hice —dice enfático Sebastián.

El arquitecto siente que él puede dar testimonio de lo que no hay que hacer, de lo malo que es elegir el camino del narcotráfico, que es el camino que él decidió no continuar.

—¿Cómo decides no seguir ese camino del negocio de las drogas?
—Elijo todos los días no seguirlo. Porque las salidas para el narcotráfico son muy pocas, o la cárcel o la muerte o la clandestinidad. Los 15 minutos de fama duran muy poquito. Es algo de todos los días, de levantarse y elegir compartir con la gente, comportarse y caminar por el camino del bien. Justamente es el ejercicio de la libertad y de la conciencia.

Al descargar su enojo por la serie colombiana, protagonizada por Andrés Parra y Angie Cepeda, que retrata la vida de su padre, Sebastián vuelve a hablar de su proyecto indumentario y cuenta que los productos se venden en Austria, México, Estados Unidos y Guatemala, y próximamente sumaran a Europa en la lista de sus clientes.

Cuenta que le llegan muchos pedidos vía Facebook desde Argentina, México, Chile y España.

—¿Cuál es la reacción?
—Tenemos una enorme cantidad de mensajes de gente a través de las redes sociales. Creo que se va a poner de moda, si de alguna manera estamos hablando de Pablo Escobar. Pero no se va a poner de moda Pablo Escobar, sino lo que se va poner de moda es una reflexión sobre su historia. El gancho es él, pero a Pablo no me lo inventé yo, Pablo es un producto de las leyes que han prohibido las drogas y también es un producto de ese mito mediático que los medios de comunicación han ayudado a construir con sus inventos, exageraciones y con las historias que, a nivel institucional, han convenido que se hayan publicado de esa manera.

Al mencionar a México, como uno de los países desde el que le llegan muchos mensajes, el hijo de quien fuera el zar de la droga, dice que aún no se ha aprendido la lección, ya que considera que hoy en México se vive la misma historia que le tocó vivir a él de niño.

—Tristemente es la repetición de la Colombia que tuvimos en la década del 80 y del 90, donde el narcoterrorismo estuvo al orden del día. Me duele muchísimo y me da tristeza que sea historia repetida. Es evidente que después de casi 20 años de la muerte de mi padre, la lección sigue sin aprenderse. Y yo considero que tengo la responsabilidad moral de estar presente para marcarle a los jóvenes que Pablo Escobar no es el camino a la solución de los problemas, al contrario, es el camino a agravar los problemas personales y esto lo digo siempre con un profundo respeto hacia mi papá, porque creo que él tuvo la dura tarea de mostrarme lo que no se debe hacer.

Sebastián reconoce que pueden estar perdiendo ventas en Colombia, pero asegura ha sido una elección por respeto a las víctimas de su padre.

—Seguramente estamos abandonando unos intereses económicos muy fuertes, pero creo que se corresponde con el respeto que queremos demostrar. Lo que me preocupa es la inmensa cantidad de productos que están invitando a que se repita la historia de Pablo Escobar. Y yo diría que el único producto en el planeta que no lo defiende es nuestra marca —dice.

A pesar de que no se vende en Colombia, la fábrica si funciona allí. La familia quiere dar trabajo en su país natal. Por ahora sólo diseñan camisas y jeans para hombres porque consideran que ahí deben enfocarse.

Además de diseñar ropa con mensajes que inviten a la reflexión y a crear conciencia social, Sebastián asume que lo tiene que hacer porque necesita tener un trabajo.

—Es muy difícil que la gente quiera contratar al hijo de Pablo Escobar. Y es muy difícil también hacerse a una vida con dignidad, trabajando honestamente si llevas detrás la carga de este apellido.

Como arquitecto, dice que varias veces se sintió discriminado en los proyectos donde trabajó.

—Es muy difícil vivir discriminado. Me ha pasado algo muy triste, y es que he participado en proyectos de arquitectura pero en la publicación no aparece mi nombre. Mucha gente me ha negado la posibilidad de hacer lo que me gusta, pero la gente no sabe que la historia de mi padre no me modifica a mí como persona. No me hace peor ni mejor. Pero no sólo yo he sido discriminado, mi hermana ha sido echada de varias escuelas.

Hoy con 35 años, Sebastián Marroquín sostiene que hace 20 que vive horas extras y que cree que esto pasó porque los enemigos de su padre pudieron valorar su actitud frente a la vida.

—Tuve decenas de acercamientos con la muerte. Hice mi testamento a los 16 años. Fui a reuniones de las que pensé que no volvería con vida. He ido a visitas con la muerte más de una vez. Gracias a Dios no ha estado y también he tenido experiencias de reconciliación muy ricas, porque he recibido montones de cartas que entienden mi postura frente a la vida y valoran mi postura autocrítica frente a mi padre y respetan el amor que le tenía a él. En los mismos términos he hablado con familiares de víctimas, hijos de narcotraficantes y narcotraficantes.

—¿Esos encuentros estaban generados por algún otro interés?
—Muchos se me han acercado casi buscando que yo apruebe su mal comportamiento. Pero les digo que el dinero no lo es todo, y les cuento que mi padre tenía millones de dólares y nos moríamos de hambre, porque no podíamos salir a comprar comida. Entonces yo le puedo contar a los jóvenes que las ideas que tienen del poder que les da el narcotráfico son erradas.

—¿Consideras que has sido también una víctima de tu padre?
—El hijo de Galán dice que soy una víctima también de mi padre y del narcotráfico. Que su padre Luis Carlos Galán —una de las personas que mandó a matar Pablo Escobar— decían que todos éramos víctimas del narcotráfico. Y yo creo que sí, que somos todos víctimas, hasta los propios narcotraficantes son víctimas.

—¿Te molesta que te involucren con el narcotráfico?
—Yo soy arquitecto. Hoy no tengo mucho para decir sobre el tema. Fui muy criticado en una conferencia porque dije que mi padre se vería hoy como un nene de pañales comparado con los narcos de hoy. Y con esa frase salieron a criticarme. Creo que esos que me criticaron son quienes menos conocen la realidad, que no es para nada la realidad que vemos publicada en los medios, porque no hay acceso a esa información. Simplemente comparando los volúmenes de drogas que manejaban en los 80, con lo que se manejan hoy, cualquier persona tiene la posibilidad de discernir que si lo que estoy diciendo es o no verdad.

Sin hablar mal de su padre, Sebastián siempre lo criticó, pero considera que le dejó un gran aprendizaje:

—Paradójicamente mi padre era un hombre violento, pero no lo era conmigo. Era un hombre que tenía muchos valores humanos y siempre me los enseñó todos. Es paradójica la enseñanza que me ha quedado de un padre que no me daba el ejemplo, pero su capacidad para educarme, seducirme y hacerse mi amigo logró un efecto muy profundo en mí. Hoy quiero compartirlo con los jóvenes y decirles que esta historia no la está contando un periodista ni un arrepentido, la está contando alguien que la vivió y la sufrió en carne propia.