En el medio del día, como una pesadilla/
Amame cuando puedas, ¿es el cielo o es el infierno?
¿Querés saber lo que estar muerto?
Cienfuegos

Ayer domingo 20 de noviembre muchas de nosotras replicamos un tremendo texto de Carolina Aguirre: Colombia. La guionista cuenta en primera persona cómo fue víctima de violencia en manos de su pareja. Hace ya unos años en Cosecha Roja nos quedaron pendientes una serie de notas sobre Violencia de género en clases medias/altas: si bien habíamos logrado un par de testimonios largos, era una comunidad mucho más resistente a hablar de lo que le había pasado o lo que le pasaba. Como bien apunta Aguirre, da vergüenza. Una supone que les pasa a otras personas, con menos recursos, menos informadas, en fin. Una escribe sobre violencia de género, eso que le pasa a otras mujeres. Esas que ponen los cuerpos, que muchas veces aparecen en bolsas de residuos, ensangrentados, empalados, y pasan a formar parte de una estadística dejando de tener nombre, historia, cara, hasta sonrisa y llanto: son las víctimas.

Mi última columna en Cosecha Roja fue sobre Lucía Pérez, la adolescente asesinada en Mar del Plata, y llevaba un título no ingenuo: “Lucía Viva”. Porque cuando supe del caso me sobrevino la angustia. Me quedé muda. Horas después pude escribir (me gusta pensar que en verdad “escupí” el texto) y ahí volví a tener voz. Y aún hoy, pasado un mes desde su femicidio, cuando cito a Lucía en una clase o escribo algo sobre ella, la pienso en esa foto donde sonríe, con la gorra en la cabeza y el piercing en el labio. No sé qué número de mujer será en el registro de femicidios del año, sé que no recibirá el título del secundario ni irá a la facultad: en mi universo su muerte truncó proyectos. Pero yo, que no estoy muerta, pude recuperarme del golpe. A diferencia de otras personas, en mí la angustia puede ser un momento, un rato, unas horas, unos días. Alguna podrá cuestionarme el impacto de las muertes “ajenas”, pero sobre eso es que actúan las “violencias”, haciéndonos un poco víctimas a todas. No fue necesario desaparecer para enmudecer ante lo siniestro de la dictadura, ¿se entiende?

¿Qué pasa con la angustia y el dolor actual? Pasa que choca, hace crisis con el mandato de la “felicidad” como estado permanente. Ranquea bajísimo estar triste, por ejemplo. Ni hablar de hacer un trabajo de duelo por una pérdida significativa: provoca un aislamiento social importante. Para colmo los afectos-la tristeza es uno- son atribuidos en el saber popular a estar “depresivo” o “bajoneado”. La solución suele venir del lado de la medicalización o de la sobreexcitación: al triste, antes de alejarlo para siempre, se lo saca a fiestas, cenas, bailes. Es decir: con la mejor buena voluntad, se lo somete a lo que no puede. En el caso de la medicalización yo no daría tantas vueltas: si realmente se hubiera inventado la pastilla que cura el dolor, la angustia, la tristeza, estaríamos todxs empastilladxs, felices y mudxs. ¿Mudxs? Sí: la angustia nos enmudece. Se suele describir como “un agujerito acá”, “siento que me duele acá”, “es como morirse pero respirando” y así al infinito. A mí me gusta mucho un simple ejemplo freudiano, que luego retomará Lacan: “¿Cómo pondría en palabras un dolor de muelas?”. Cualquiera que haya pasado dos días tratando de conseguir que pase sabrá de lo que hablo: no se puede pensar o sentir otra cosa. El dolor de muelas nos hace un instrumento, un objeto: “somos” el dolor de muelas. Si nos piden que les contemos como es, no hay palabras.

E intentar tapar la angustia solo aumentando las dosis de medicación remite a la mudez. Tampoco la tapa comprarse un celular, jugar compulsivamente, comer, no comer, dormir, no dormir, drogarse: la publicidad cada día tiene que hacer más esfuerzos para convencernos de que el “secreto” consiste en tener el último Iphone.

El mandato moderno de la felicidad no es político-partidario, sino económico: el texto de Aguirre sitúa muy bien que justamente lo que la violencia y la manipulación ligadas a la angustia le provocaron que no pudiera trabajar. Por eso el psiquiatra se “asombraba” de que la medicación no operara eficazmente: porque el objetivo no era que se dé el tiempo para ubicarse como atravesando una situación de manipulación y violencia –lo que incluiría la separación de su pareja, que fue lo que pasó- sino que produzca. Que escriba. Que trabaje. Y el subtexto sutil: “Está en un hotel de lujo en Colombia, con un buen hombre. ¿De que se queja?”. En esto, hay que aclararlo, las mujeres somos más vapuleadas vía “la queja”.

Si los mandatos modernos no fueran tan “urgentes”, si las personas dejáramos de aceptar que nos cuelguen carteles deshumanizantes (TOC, ataque de pánico, TGD, ADD, depresión grado II, etc) tal vez podríamos ubicar que a veces lo que necesitamos es tiempo. Compañía. Palabra. Cada quién ubicará qué. Esto no significa dejar de ubicar los síntomas y los padecimientos de las personas: solo que los rótulos etiquetan y no mucho más.

Un estado anímico, un malestar, no tiene que ver con “tenerlo todo”. A veces no alcanza. Por eso es valiente y sanador el texto de Carolina Aguirre: porque reconoce que ella tuvo una billetera, tarjetas de crédito, recursos para poder salirse de la escena, aunque aún estaba lejos de ubicar que le pasaba. Si una se queda aguantando los golpes y la voz del manipulador, del violento, mal puede pensar en que le pasa: hay una preocupación más urgente por sobrevivir.

Luego vinieron la sopa de vitina de la amiga, el llamado al padre, y reconocerse también como víctima de un psiquiatra que en vez de escucharla a ella lo escuchaba a él, y tomaba partido: “Me da Rivotril y dice que yo lo asfixio, que soy paranoica, que tengo miedo de amar y que es el novio perfecto”.

En breve leerán, si tienen ganas, lo que estoy escribiendo sobre los cortes en la adolescencia, ligados a la angustia.

Porque siempre es en el caso por caso, pero hay algo que podemos generalizar: de la angustia, de la violencia, del encierro, de la manipulación, se sale vía la palabra, la escritura, la acción: cada quien encontrará como hacerlo.

Me gusta pensar que somos muchas las mujeres que trabajamos las violencias desde la transmisión, el cuidado, el compartir las experiencias, la escucha.

Del resto se ocupa el sistema: como ejemplo, pueden mirar el caso Barbie Velez-Federico Bal en Tinelli.

Ahí podrán leer como el cartel de NiUnaMenos se transforma en un papel impreso.

Hace dos meses les dije a mis amigas que ya estaba lista para escribir sobre esto, pero que me daba miedo: “¿Y si manda mis fotos a todos lados, si inventa cosas sobre mí, si se aparece en mi casa de noche?” “¿Y si todos chusmean sobre mi vida, si se burlan, si me dejan mensajes feos?” Entonces Jesica Lamonica Lima me respondió: “Vos no pienses en eso. Vos escribí lo que tengas que escribir, y lo que venga después lo atravesaremos juntas, como siempre”. Y yo le hice caso, no pensé en nada. Solo escribí esto que van a leer hoy. Esta, Colombia, es la ultima columna de “Mi vida como guionista” en La Nacion revista. Es larga, pero es de las cosas más hermosas que escribí en mi vida y al final dice lo más importante que tengo para decir sobre mi oficio. Cualquiera que me haya leído sabrá que tuve algunas columnas mejores, otras peores, pero nadie podrá decir que no dejo todo cuando escribo. No me importa humillarme, abrirme al medio, sentir miedo, tirarme al vacío, o perder toda dignidad para contar lo que tengo para contar. Jamás escribí para lucirme o para estar a salvo. No iba a empezar justo ahora que termino.

Una foto publicada por Carolina Aguirre (@aguirrecaro) el