un mundo con drogasCosecha Roja.-

“Tenemos menos muertos por efecto de los tóxicos que por la prohibición”, dijo Raúl Zaffaroni durante la presentación del libro ‘Un mundo con drogas’ del periodista Emilio Ruchansky en Casa Defensa Télam. Para el autor la criminalización de las drogas produce una amplia gama de problemas: desde los soldaditos que mueren en Rosario, tipos presos por 5 kilos de coca y mulas, hasta los grupos de Whatsapp en Colombia por los que circulan fotos de cuerpos para que las familias reconozcan cadáveres víctimas del narcotráfico. “El problema no somos los consumidores y esto no es un problema de ricos: los que ponen el cuerpo, los que se comen años presos como si fueran narco y los que mueren, no son ricos”, dijo.

El ex ministro de la Corte Suprema se refirió a cómo se construyen los enemigos desde los medios masivos de comunicación: “Hoy no quemamos brujas pero porque no creemos en las brujas, quemamos a otros. Esto cuesta vidas humanas, no es una broma”. ¿O acaso no tenemos otros satanes? Desde el joven de pelo largo que fumaba marihuana y por eso era considerado un ‘subversivo’ hasta el pibe gorrita al que la policía detiene por un porro. “Llevamos 40 años de irracionalidad en materia de drogas”, dijo y propuso pensar la problemática “desde la autonomía ética y la salud física y mental de las personas”.

En ‘Un mundo con drogas’ Ruchansky explora caminos alternativos a la prohibición. Para eso viajó, conversó e investigó los casos de Holanda, Estados Unidos, España, Suiza, Bolivia y Uruguay. Relató historias de consumidores, retomó el debate legislativo que culminó con la aprobación de la ley de cannabis del otro lado del charco, exploró las experiencias de la metadona como sustituto y de la coca orgánica, y hasta hizo una crónica de un espacio de consumo supervisado en Suiza:

“Sin contar los agentes de seguridad privada, las cocineras, el personal de psiquiatría y de enfermería, cinco individuos se encargan de regular el tránsito humano: dos en la sala de consumo, uno en el bar, otro en el dispensario médico y un último en el patio para consultas y necesidades. El equipo debe rotar a cada hora para evitar el desgaste. En el comedor también hay un despacho de jeringas y material descartable, con una ventana que da a la calle.

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Los doce boxes para inyectarse están contra las paredes. ‘Los usuarios deben limpiarlo luego de usarlo’, aclara Ines. Son boxes abiertos con una mesita, un tarro con alcohol en gel y un dispensador de papel. En un costado se reparten dos espacios para esnifar sustancias; cerca de una de las ventanas hay un tubo de oxígeno para casos de emergencia. Y al lado de la puerta, la alarma. Un toque si es sobredosis, tres para pedir ayuda.”

“Me pone contento que este libro esté en la calle”, dijo Sebastián Basalo, director de la revista de cultura cannábica THC en la que Ruchansky es editor. Hacer periodismo cannábico es un problema: se trata de ejercer sobre la ilegalidad y luchar, sin parar, contra estigmas y prejuicios. Hay que saber de economía, de farmacología, de botánica, de geopolítica, de leyes, de soberanía. “Cuando se aprobó la ley en Uruguay y volvíamos en Buquebus, vinimos con la sensación de que parte de lo que proponemos se puede hacer”, dijo Basalo. El libro suma para mostrar que hay otros caminos posibles, que existen, que funcionan y para volver a abrir el debate: “¿Nos bancaríamos una sala de consumo controlado de paco? ¿Hasta dónde curar? ¿Qué es curar? ¿Implica sacarle eso que lo daña en nombre de la salud? ¿O significa respeto, asistencia, contención y ver qué hay detrás de ese consumo?”, se preguntó.

En los hechos de violencia homicida o lesiva, el tóxico criminológico más presente es el alcohol, que es legal. “Se nos ha vendido la idea de que todo consumo implica abuso, que todo abuso genera dependencia y que toda dependencia se convierte en delincuencia: eso es mentira”, dijo Zaffaroni.