Este año, durante el Encuentro Nacional de Mujeres el taller de activismo gordx reunió a mil personas. La fotógrafa Gisela Volá participó y aquí nos cuenta su experiencia.

Texto y Fotos: Gisela Volá
En cada ENM desde hace 12 años espero una revelación, le huyo a la meseta, a quedarme en el mismo lugar. Vengo deconstruyendo desde todos los espacios que me interpelan dentro del feminismo. Este año participé del taller Hacer la Vista Gorda. Tenía varias preguntas ¿Cuántas capas hacen falta para llegar hasta el fondo? ¿Cuánto pesa el patriarcado y el capitalismo? ¿Cuántos puntos sociales toca la gordura?
Durante dos días escuché y aprendí que somos un movimiento, que no importa qué cuerpo tenés sino cómo lo llevás, que la delgadez no es ningún mérito en sí mismo. El cuerpo es social y político y al mismo tiempo es una cartografía a trazar en el espacio que ocupás.

Durante el viaje no hubo tiempo de leer. Me tocó compartir el micro con algunas de la protagonistas del taller y hablamos mucho: de fotografía, de representación y de experiencias personales. Rocío en las Inmensidades es una de las coordinadoras. Viajamos con ella, junto a Cherry y Jael, sus compañeras desde hace un tiempo, las mismas que la ayudaron a sacarse la campera de jean un verano en la playa.

A principios de este año hice la curaduría de una muestra junto a la artista mexicana Ana Casas Broda llamada Borrador de un cuerpo intervenido. La conocí por su obra “Cuadernos de dieta”, una obra con autorretratos de su juventud. La muestra está costando en su itinerancia. Pocos espacios se interesan en ella, nadie quiere ver cuerpos gordos ni trans ni que cuestionen demasiado el modelo hegemónico. Ver estrías y voluptuosidad resulta tan incómodo como ver cualquiera de las otras identidades disidentes.

Alguien dijo desde un megáfono: “Me uní al feminismo porque acá me aceptan con mi celulitis, mis estrías, mi gordura, como soy sin cuestionamientos”. Lola y Paula lloraban. En medio de ellas me sentí parte de una nueva manada hermosa.

Las dietas por las que pasamos, la violencia de los nutricionistas por pensarnos como calorías y masa corporal, las empresas que se llenan de dinero con batidos y productos creando otros espejos de colores, los médicos famosos. Los colonizadores del cuerpo.
Hablar de la gordura parece siempre hablar de un problema, incluso cuando los triglicéridos están bajos y los análisis de sangre están mejor que el de un cuerpo magro. ¿Quién está enfermo?

Y me retrotraje al último encuentro en que vi a un médico que me dio una clase teórica de cómo los alimentos que me indicaba actuaban sobre mi cuerpo. Se fue espantado. No servís para esta dieta me dijo. Pensás demasiado. También dejé de verlo.
Somos sobrevivientes. Nos quisieron eliminar y no pudieron, dijo Rocío.
A partir del Encuentro empecé a pensarme para atrás. Pensé en todas las cosas que me fueron salvando del prejuicio “de lo que se ve” cuando no me sentía parte de nada, cuando no pensaba en este movimiento y cuando la mirada del otre aún regía. El arte, los viajes, el feminismo, la amistad, las fiestas, la política de los afectos fueron el salvavidas.
Mis amigas gordas aparecieron pasados los 30 años. ¿Qué pasó con la gordura durante mi infancia y adolescencia? Seguramente me convirtió en desobediente, me hizo cuestionar mi ciudad, mi familia y abrirme a otros lugares de pertenencia. Porque cuando te excluyen de algunos espacios aparecen siempre otros, a veces más constructivos, otras más hostiles, pero que en definitiva son los que siempre me atrajeron.
¿Por qué no tuve amigas gordas, ni novies gordos, ni fotografié gordxs antes?
Cuando me respondo aparece la palabra vergüenza, esa línea invisible que va socavando fino y hace que la gordofobia se internalice sin que te des cuenta. Creés que la combatiste hacia afuera y se vuelve una relación violenta con vos misma: te seguís pensando en un futuro en el que dejarás de ser gorda. Mientras, usás la ropa holgada.
Dejar de pensarme como gorda aislada del grupo y pensarme colectivo fue darle sentido a una dimensión política, a un salir del “closet” de la gordura. Hacerlo es politizarme, y desde allí puedo pensar la vida cotidiana y cómo la atraviesa el feminismo. Entender que junto a otres quizás podamos liberamos de esa gordobofia internalizada que nos habita.
“El concepto del amor propio y la idea de que me amo todo el tiempo es una intención capitalista y exitista”, dice Cherry, una de las coordinadoras.
Como dice la Cerda Punk: pensarse desde el territorio de la incomodidad, desde el feminismo, desde la gordura y resignificarse, reconociéndose desde una herida hacia el deseo de la inmensidad.

El concepto de la gordura es una construcción social y resignificarla tiene que ser parte de un movimiento. Reconocernos en un tiempo presente y no en un futuro flaco, repensar dónde colocar la autoestima, dónde hay una cuestión de clase, de historias familiares que no rompieron con la idea de la vergüenza y estigmatización.

